Dragones y educación en las organizaciones

Esto no es un cuento sobre el Año Nuevo chino. Ni siquiera un cuento chino.

Esto va de la existencia de comportamientos aprendidos en la infancia que se reproducen en la vida adulta haciendo difícil la convivencia laboral.

Todos conocemos o hemos tenido, en alguna ocasión, un/a jefe/a dragón. Incluso hemos podido ser uno de ellos, en algunas circunstancias. El dragón es un ser implacable cuyas reacciones inesperadas y desproporcionadas contaminan el clima o ambiente de trabajo generando una bruma densa de desasosiego que dificulta el día a día de sus colaboradores. El dragón grita sin razón, gesticula e intimida. Su comportamiento es un fin en sí mismo y tiene el fin de controlar y perpetuar el poder basándose en la falsa creencia de que la fuerza, tal como la entiende, es necesaria para la consecución de los (sus) fines empresariales. Los dragones no toleran que se cuestionen sus premisas, busca culpables ante los errores propios, se irrita con facilidad y dirige a sus empleados con argumentos basados mayoritariamente en un control cuantitativo del logro pensando que los números le dan un respaldo y justificación irrebatibles.

Y es que los dragones no entienden de gestión relativa, ambientes democráticos o entornos cooperativos. No entienden de la posibilidad de que las cosas sean diferentes a como piensan que deben ser o un día les enseñaron que debían ser. En el fondo, los dragones no son libres, acaso poderosos… no toman decisiones, sino que repiten fórmulas aprendidas que se consolidan a través de profecías auto-cumplidas. La jefatura, el cargo y el poder hace crecer a los dragones, puesto que las necesidades básicas de supervivencia económica y profesional genera una asimetría funcional para el dragón, que se encuentra legitimado y seguro en su posición.

En el libro “Dragones, ratones o seres humanos auténticos” se muestra a los chicos adolescentes cómo el comportamiento asertivo, aquel que te hace un “ser humano auténtico”, es la única alternativa posible ante un comportamiento agresivo (dragón) o un comportamiento pasivo (ratón). De manera clara y sencilla, enseña los principios y claves para alcanzar ese estado de autenticidad humana en el que la capacidad de colaboración, autocontrol y asunción  de las propias debilidades y fortalezas son esenciales.

El dragón probablemente surgió en algún momento de esa edad adolescente, aprendió que la agresividad era una buena respuesta ante los conflictos puesto que servía, le sirvió o aprendió  que les servía a los demás. Quizá fue en su día un ratón aplicado que inició su reconversión para alcanzar el estado y el bienestar que creía ver en aquellos que le hacían sentirse roedor. O quizás fue siempre un dragón al que nunca le dijeron que NO, nunca le pusieron límites, ni le enseñaron otros modos de resolver los conflictos interpersonales que no fuera la imposición o la competición en su versión más negativa ganar-perder.

Créditos de la fotografía: Kenny Louie en Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Laura Calvo

Transformadora de conflictos. Mediadora y orientadora familiar en lo cotidiano. Madre en lo esencial. Y entre una cosa y otra, investigando posibilidades de desarrollo emocional y gestión humanista en personas y grupos.
En Twitter: Mommoland

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